viernes, 6 de abril de 2012

CASAS DE VECINOS – PATIOS CORDOBESES

CASAS DE VECINOS – PATIOS CORDOBESES
En el barrio de San Pedro, hermoso barrio cercano a la Mezquita y a todo el casco antiguo de Córdoba, Patrimonio de la Humanidad, arropado por el Guadalquivir a su paso por la ribera. Yo, me crié en una de tantas casas llamadas de vecinos,  por habitar en ellas varias familias, la mayoría de origen humilde, carentes de todo tipo de lujos y comodidades, como las que hoy disfrutan nuestros hijos. Pero si tengo que ser sincera y visto desde la distancia y la madurez que dan los años, creo que, mi niñez como la de tantos de mi generación, aún en la escasez, y en la total carencia de lo que ahora llamamos bienestar social, fue mucho más rica en experiencias, como pueden ser; vivir al aire libre, es decir en los patios, y también, por qué no, en la calle, y no por dejadez de nuestros padres, si no porque tuvimos la gran suerte de conocer nuestros barrios sin apenas tráfico, por no decir ninguno, de tal manera que nuestras madres estaban muy tranquilas cuando jugábamos en las puertas de las casas, pues lo máximo que nos podía pasar era alguna torcedura de tobillo, al saltar a la comba, magulladuras en las rodillas al caernos, y como no, alguna “ escalabraura” como se decía, bien por caídas o por alguna pedrada. De ahí la tranquilidad de las madres.

El primer patio de mi casa, se iba estrechando hasta llegar a la entrada del segundo y principal. En esa especie de puerta de entrada, entre uno y otro patio, a ambos lados de la pared había unas fotografías muy antiguas de la virgen y un sagrado corazón de Jesús. Ambas estaban en una especie de hornacina protegidas por  un cristal, por lo que se conservaban bastante bien. Nunca supimos el significado de aquellas imágenes, posiblemente un capricho del primer dueño de la casa. Llegados a este punto ya en el patio mayor y principal, dando unos pasos a la derecha entramos en el “patinillo”, un patio mucho más pequeño donde se encontraba la gran cocina comunitaria, con varios fogones y poyetes, todos de ladrillo rojo, Cada familia tenía una parte de poyete y un fogón. A la derecha de la cocina estaba el pozo, del que nos abastecíamos para todas las tareas de la casa, menos para beber. En el pozo había dejado caer mi padre, gran pescador, algunos peces, que vivían allí y que podíamos ver por las mañanas cuando un rayo de sol entraba por un rato en la pared del pozo, ayudándonos de un espejo, el sol reflejaba la luz en el fondo, y podíamos verlos moverse inquietos intuyendo nuestra intromisión en su habitat, unas aguas super transparentes. La cocina, el pozo, y también la gran pila de piedra  estaban delante del brocal, cubiertos por techos de gruesas vigas y tejados de teja árabe. Tan propia de nuestra querida Córdoba.

Cada familia, tenía también un día para lavar la ropa en la enorme pila de piedra, con el lavadero tallado en ella. El lavado suponía un gran esfuerzo, primero hacían falta muchos litros de agua para llenarla,  todo el ejercicio era de brazos, primero para sacar el agua del pozo, y luego para restregar y restregar la ropa en el lavadero, una y otra vez hasta sacarle la suciedad, con un buen jabón casero. Después estrujar y enjuagar unas cuantas veces más para a continuación tenderla al sol, con un nuevo ejercicio de brazos. Si a eso le añadimos el fregado de los suelos de ladrillo rojo, de rodillas y estirándose al máximo, para abarcar un trozo de suelo mayor y acabar cuanto antes. El barrido y regado de los patios de piedras no era menos laborioso. Como veis el esfuerzo era notable, si bien es verdad que estos ejercicios mantenían en plena forma a las mujeres. Ahora sería el equivalente a algunos ejercicios de “yoga” o “pilates” últimamente tan en boga.

En mi casa como en tantas otras, en primavera se abría la puerta de entrada para que el transeúnte que pasara pudiera disfrutar de la contemplación de los patios, el de entrada y el principal. Era todo un espectáculo de diverso colorido y distintas fragancias. El contraste del blanco de las paredes encaladas, con el verde de las plantas, y las flores, que abarcaban toda la gama de colores, el conjunto era un magnifico cuadro impresionista. La gente se paraba y algunos pedían permiso para entrar, permiso que lógicamente se le otorgaba gustosamente, por parte de cualquier vecino que pasara en ese momento.

En mi casa estaban prácticamente todas las flores más comunes, desde la más sencilla “margarita”, a la más delicada “azucena”, la “celinda” de flores blancas y delicioso olor, aunque de floración efímera. El “jazmín azul”, llamado también “celestina”, plumbago”, o “azulina”, este  llenaba gran parte del patio de entrada, era muy vistoso por su gran floración. En los arriates del suelo estaban los “geranios”, los “pericones”, los variados “rosales” entre ellos algunos trepadores de los llamados “de pitiminí”, los “donpedros”, “palmiras”, “pensamientos”, las “violetas”, de delicada fragancia, estas eran las preferidas de mi madre, los “zarcillos de la reina”, y los “jacintos”,  En los rincones más sombreados estaban las “aspidistras”, las “hortensias” y los “helechos”, y  alguna que otra planta de sombra como la “costilla de Adán”. En el centro del patio una bonita “palmera”. Todas esas plantas estaban bajo el palio de una hermosa “parra”, que les daba su acogedora y fresca sombra, en los días más calurosos del famoso por sus calores, “verano cordobés”.

También en un arríate del patio de la entrada había una “dama de noche”, que justo al anochecer iba abriendo sus ramilletes de diminutas florecillas blancas, deleitándonos con su intenso perfume. No me puedo olvidar de mi preferido; el “jazmín”. Al atardecer le desprendíamos con sumo cuidado los pequeños capullos aún cerrados y los prendíamos por su tallo en un alambre, al que previamente habíamos doblado una punta, pinchándole un pequeño trozo de cartón para que no se salieran. Por la noche los pequeños capullos iban abriéndose dejando paso a unas florecillas de un blanco inmaculado que desprendían un finísimo aroma. Los novios se lo regalaban a sus novias cuando paseando por las calles se encontraban algunas vendedoras. Las mujeres se los ponían en el pelo o en el pecho, pero a la hora de irse a dormir lo depositaban en la mesita de noche, impregnando toda la alcoba con tan delicioso perfume.

Las gitanillas siempre estaban en macetas colgadas de las paredes. Las había de todos los colores, y en abril y mayo lucían en todo su esplendor. El regar las macetas colgadas era todo un arte, ya que algunas estaban a una altura considerable. Se utilizaba para ello una caña larga, a la que en su extremo superior se le sujetaba una lata basculante con una cuerda, que hacía las veces de cazo, su trabajo costaba que el contenido de la lata llegase a su destino –la maceta-. Era muy divertido, pues las primeras veces se derramaba más que se vertía, y había que repetir una y otra vez con el consiguiente jolgorio de los que en ese momento estuviesen mirando. Con el tiempo llegué  a ser una experta. Algo que ocurría con mucha frecuencia era que al echar el agua en las macetas, de algunas salían a estampida las “salamanquesas” y “lagartijas”, que estaban detrás de ellas. Por la noche las podíamos contemplar, muy cerca de la bombilla que alumbraba los dos patios, dándose un banquete con los mosquitos que acudían a la luz, esa colaboración era su salvoconducto para su supervivencia.

En los veranos, Antoñita, la mujer de mi primo Manolo, se sentaba en el patio a trabajar en el precioso arte de la filigrana. La recuerdo sentada en su silla delante de una pequeña mesa rectangular, de tablero grueso, con la altura adecuada al trabajo que en ella se realizaba. Es uno de los trabajos más bonitos y delicados de la platería cordobesa. Yo me quedaba embelesada, y no me cansaba de mirar una y otra vez. Seguía con la vista el camino de aquellos finísimos hilos de plata que se iban deslizando entre los dedos de las expertas manos de mi prima, a una velocidad de vértigo. Con la mano derecha sujetaba una pinza terminada en una punta muy fina, que era la única herramienta que usaba, mientras que con la mano izquierda sujetaba la pieza que iba rellenando magistralmente de bellos dibujos (aquello era magia para mí). Y no digamos cuando veía las piezas terminadas; cofres, abanicos, pendientes, rosarios, broches, etc… Todavía conservo el rosario que ella me regaló para mi comunión. Después he sabido que el arte de la filigrana la difundieron los árabes, siendo Córdoba una de las ciudades que más tradición tiene. Podemos ver y comprar estas maravillas en las tiendas de “souvenir”, en los alrededores de la Mezquita.

En el fondo del patio separado por una puerta estaba el corralón, era un sitio terrizo que servía para todo, lo que llamaríamos ahora un “multiusos” pues allí hacia mi padre la mezcla para arreglar las viejas paredes, y las goteras de los tejados. La candela donde quemaba los trastos viejos, y que tanto nos gustaba contemplar a los niños de la casa. En el corralón estaba también el gallinero y las conejeras, todas construidas artesanalmente por mi padre, con tablas usadas y tela  metálica. Mi padre era un genio del bricolaje, aunque esa palabra no la conocíamos en ese tiempo. El gallinero era bastante grande, había gallinas blancas, negras, grises, jaspeadas siempre custodiadas por un hermoso gallo, cual sultán en un harén. Los hubo también de distintos colores, pero mi preferido, el más hermoso y elegante, era el de tonos rojizos y calderas, las plumas del cuello y cola de color verde esmeralda y azul cobalto, y una hermosa cresta escarlata. Tenía el “sultán” un porte impresionante. Algunas veces mi madre me dejaba entrar a recoger los huevos recién puestos, los acariciaba y podía sentir su calor, era bastante agradable, igual que coger a las crías de los animales, por suerte no todas nacían a la vez, y todos los niños de la casa podíamos disfrutar continuamente de ese placer. Unas veces eran la conejas, otras las gallinas, o las gatas, y perras y como no los pájaros, ¡ah! me olvidaba tuvimos también una familia de patos, bastante agresivos por cierto, nos gustaba verlos bañarse en la pileta de cemento que le hizo mi padre.

Nuestros niños y nietos tienen muchos juguetes y peluches de todos los tamaños, que los aprietas,  hablan, o tienen música, pero no comen, no beben, no te miran, no se acurrucan cuando los coges y abrazas hasta que se duermen, ni pueden sentir la calidez de sus pequeños cuerpecitos, ni los latidos de sus pequeños corazones. Era increíble la ternura que nos producían aquellos cachorros y los ratos tan agradables que nos hacían pasar. No cabe duda que eran los mejores peluches que un niño pudiera tener. Allí estaba también el pequeño huerto de mi padre; tomates, pimientos, judías verdes, calabacines, berenjenas, hierba buena, perejil, romero, y un precioso ciruelo.

Un capítulo interesante era el aseo personal. Acostumbrados como estamos en estos tiempos a abrir solamente el grifo, y ya tenemos el agua a la temperatura adecuada.  A la gente joven le parecerá chocante, por no decir tercermundista, y sin embargo, no sólo no era tan grave, si no que era sumamente agradable, tengo muy gratos recuerdos. En verano, mi madre llenaba un baño con agua del pozo y lo ponía al sol en el corralón durante unas horas, cuando pasaba la siesta ya era la hora del baño, y os puedo asegurar que el agua estaba a la temperatura perfecta para un buen baño relajante. Pero no menos agradable era el baño en invierno, éste se hacía en la habitación que tuviera más espacio. Mi madre ponía una olla grande en la candela, cuando a punto de hervir la vaciaba en el baño, añadiendo agua fría hasta conseguir la temperatura adecuada. Todavía puedo sentir el olor tan agradable y duradero que dejaba en mi cuerpo, el jabón “Heno de Pravia” con el que me enjabonaba mi madre. Ella tenía la costumbre de calentar la ropa interior en el brasero, sobre unas enjugaderas de mimbre, los días de mucho frío, y además de calentita estaba perfumada, pues mi madre se encargaba de echar sobre las brasas un puñado de alhucema, nombre árabe, también llamada Espliego o Lavanda. Cuando salía del agua con las yemas de los dedos arrugaditas, y ella me secaba amorosamente, como sólo una madre sabe hacerlo,  me ponía la ropa caliente e impregnada de aquel olor tan agradable que ha perdurado a través del tiempo. Esos momentos para una niña, eran mágicos y tiernos, y ahora con el paso del tiempo, es uno de mis mejores recuerdos.


En los patios era habitual  que en las noches de verano los vecinos después de la cena se sentaran en el patio, donde se entablaban conversaciones de todo tipo, eran las tertulias más amenas y relajantes, que he escuchado nunca. Bajo un cielo estrellado como no podemos verlo ahora, el olor del  Jazmín y de la  Dama de Noche, el ambiente era inigualable. Eran noches perfumadas, noches con un encanto especial, noches con embrujo. Córdoba entera tiene eso que llamamos duende.

 Podría seguir y seguir recordando tantos y tantos gratos momentos, pero no podemos usar más espacio para participar. Esto es solo una pequeña muestra de una forma de vida. Que dedico en recuerdo de mis queridos padres por enseñarme tantas cosas.

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