viernes, 21 de octubre de 2011

MI PADRE Y SU ÍDOLO.

Óleo en la Casa de Andalucía de Zaragoza


Ahora que esta tan denostada la afición de las corridas de toros, por los anti taurinos, quiero escribir un recuerdo a mi padre, gran aficionado a acudir a las plazas de toros, para ver a sus ídolos sobre todo a Manolete,

Yo no llegué a conocer a Manolete pues nací el año siguiente al de su muerte, pero que importancia puede tener esto cuando mi padre hablaba continuamente de él. Todos sabemos que tuvo muchos admiradores, pero tan incondicionales como mi padre, posiblemente muy pocos. Es curioso como sin conocer a una persona, esta pueda llegar a formar parte de nuestra historia, de nuestros recuerdos, como es mi caso.


José Carnago Rodríguez, mi padre, nació en mil novecientos cinco. Desde muy joven fue un gran aficionado al arte del toreo, junto a su hermano Rafael Carnago que fue picador, de tal manera que raro era el día que no saliera a relucir el tema de los toros en mi casa.

Mí padre, José Carnago Rodríguez

Mis hermanos y yo, desde pequeños, escuchábamos a un padre hablando de toros y toreros, nos contaba anécdotas y nos enseñaba fotografías, algunas muy curiosas, como la de un chavalillo gateando por la fachada de la plaza de toros de Las Ventas para colarse, y otras muchas más. Mi padre se entretenía en sus ratos libres que ciertamente eran muy pocos, en recortar de las revistas del genero, las mejores fotografías de toros y toreros, incluso algún que otro artículo que le llamara especialmente la atención. Con ellas hacía él su composición, las iba enmarcando y decoraba de esta forma las viejas paredes de una galería, o especie de porche, que había al final del patio principal de mi casa. EL resultado era una galería museo que llamaba la atención de todos los visitantes, por su gran contenido en documentación de los mencionados temas taurinos.

No pocas veces escuché a mi padre contar la truculenta y dramática cogida y muerte de Manuel Granero. Cuestión que yo escuchaba con la boca abierta, y el vello de punta, pero a la vez expectante. Granero decía, vestía de negro y oro. El toro se llamaba Pocapena, y estando torero y toro cercanos a las tablas, el toro se arrancó lanzando al torero por los aires, revolcándolo varias veces, hasta que le alcanzó el cráneo al penetrarle el pitón por un el ojo derecho. Murió el día de S. Agustín. Mi padre decía que fue la cornada más impresionante de toda la historia del toreo. Y creo que al día de hoy sigue siéndolo. La verdad es que aquello me parecía espeluznante y de lo más desagradable. Parece que estoy oyendo a mi madre diciéndole, no le cuentes esas cosas a la niña que va a tener pesadillas, pero yo siempre le decía sigue papa, sigue, ¡un poco morbosa, la niña, no!


Óleo en el Museo Paco Laguna de Villa del Río

Eran habituales las tertulias en los patios de mi casa, pues no hay nada más agradable en las noches de verano que un patio y una buena tertulia, aromatizada de la fragancia del jazmín y la dama de noche. El tema del toreo era de los más comunes, además de otros. Nombres como Joselito, Belmonte, Arruza, Martorell, el Litri, y tantos más. Lances como verónicas, derechazos, molinetes, y un largo etc. Todos esos nombres quedaron  grabados en mi memoria.

Como todo el que destaca en algo, Manolete también tenía sus detractores. Todos sabemos que el pecado nacional es la envidia, luego la polémica estaba servida. Según mi padre, la primera pareja que crearon polémica fueron Joselito y Belmonte, buenísimos ambos, pero tuvieron la virtud de dividir a la afición y darle un nuevo aliciente a la fiesta. Por cierto, mi padre era de Joselito. Cuando murió Joselito corría un rumor, una frase que se la atribuían a Belmonte y a Ignacio Sánchez Mejías, pues al parecer los dos estaban de acuerdo, y que corrió como la pólvora. “Ahora está más vivo que antes”. Creo que querían decir con esto, que todo artista que muere a una edad temprana, en cualquier rama del arte, el público lo hace suyo, lo venera, lo idealiza, de tal forma que su recuerdo perdura más en el tiempo.

No puedo enumerar las veces que escuché discutir a mi padre, defendiendo a Manolete de cualquier agresión que, según él, considerara difamatoria. Para mi padre era poco menos que un dios, hasta le cambiaba la cara cuando hablaba de él, y lo hacía con tal pasión, sólo comparable a un padre orgulloso de su hijo. El jamás le veía defectos. Las mejores calificaciones que se pudiesen decir a un torero salían de la boca de mi padre. Manolete, el más grande, tan elegante, tan sereno, tan serio. Le decía yo bromeando. Jamás sus incondicionales le veían nervioso, según ellos daba una lección de autodominio que convertía en belleza cada uno de sus lances. Todo ello unido a su certeza con el estoque, hacía que para muchos como mi padre fuera el “Monstruo” Sinceramente creo que rayaba el fanatismo, algo que realmente yo aborrezco, pues creo que el fanático se ciega y no es ecuánime. Pero por otra parte, pienso que la persona que disfruta de su idolatría y no le hace daño a nadie, puede perfectamente ser un “fanático” comprensible. Se dice de esa época que las corridas de toros eran el opio del pueblo, y el de ahora, sin lugar a dudas es el fútbol.

Mi padre era un hombre muy sensible, yo creo haber salido a él, era de lágrima fácil, lo vi muchas veces emocionarse, siempre decía que se le había metido un pizco en el ojo, pero no solo con el toreo, se emocionaba con cualquier tema que tocara su fibra más sensible. Cuando nos describía la tarde de su muerte lo hacía con todo detalle. Sabíamos que Manolete vestía de rosa pálido y oro. Que el quinto toro de la tarde se llamaba Islero y fue el que lo mató. Cuando llegaba a ese punto ya estaba haciendo pucheros. También sabíamos el nombre de su apoderado, se llamaba Camará y lo acompañaba a todas partes. Su madre, Doña Angustias. Su novia mexicana y guapísima llamada Lupe. Nos llevaba de paseo por el barrio de Santa Marina para enseñarnos donde nació y se crió Manolete, en una casa de vecinos como nosotros, de familia humilde, pero él tenía una elegancia natural y era la discreción personificada. Todo ello según mi padre lógicamente.

Los gobernantes de la época usaban el nombre de Manolete como estandarte, con orgullo nacionalista, sin que Manolete tuviera nada que ver, ni hubiese hecho nada significativo para que se le pudiese catalogar como de derechas. Si bien es cierto que tampoco lo negaba, pero… estaban los tiempos como para señalarse.

Había que oír a mi padre, decir, ¿Cómo iba a ser de derechas un muchacho de familia humilde, que se ha criado en la precariedad? mi padre que era ateo,  defendía la República, y escuchaba por las noches Radio Pirenaica. Yo me quedaba durmiendo con los ecos de la potente voz de Dolores Ibarruri, sin comprender demasiado, aunque algo si que quedaba en mi mente.A mi me gustaba escuchar las historias de los mayores, además de las de mi padre, y ellos tenían en mí a una alumna disciplinada y atenta, a la vez que preguntona.

En fin, podría seguir escribiendo mucho más, sobre mi padre y su ídolo. Sólo siento que no llegara a conocer mi faceta de pintora tardía, ya que como homenaje a él, pinté dos retratos de Manolete, uno está en la Casa de Andalucía de Zaragoza, presidiendo el salón, y otro en el museo de Paco Laguna de Villa del Río- y estoy segura que le hubiera hecho muy feliz.

Tengo que decir que a mí, personalmente, las corridas de toros, no me atraen especialmente, solo fui de muy joven a dos o tres como mucho. Me ha interesado mas como pintora, estéticamente me parecen muy atractivos para pintar los temas taurinos, mucho más, cuando estan libres en el campo. Es cierto que se sufre mucho cuando matan al pobre animal, que nada ha hecho para merecer tal castigo. De todas formas me cuesta decir que soy anti taurina, por todo lo que os he relatado anteriormente, ya que está en mis recuerdos, y sería como traicionar a mi padre que era una persona  noble y humana, amaba a los animales, mi casa estaba llena de ellos, y era él quien los cuidaba. Por otra parte si llegan a desaparecer del todo tampoco me voy a sentir traumatizada ni nada por el estilo. Estamos en el siglo XXI y esa costumbre no deja de ser casi medieval. 

domingo, 29 de mayo de 2011

PATIOS DE VIANA

Del museo Palacio de Viana declarado en 1981 por real decreto, Monumento Histórico Artístico Nacional, solo quiero resaltar lo que a mí particularmente me gustan sus patios, y no es que no me guste el resto, no es eso, reconozco su valor arquitectónico. Del siglo catorce  época medieval moderna. Durante su construcción se encontraron restos creen, de un edificio romano, como no, El museo palacio de Viana está enclavado en el popular barrio de Santa Marina, nombre que ya recibía el barrio en el siglo trece, cuando Fernando tercero el Santo, mando construir la iglesia que dio nombre no solo a esta, sino a todo el barrio, cosa muy común en aquella época, que los barrios llevaran el nombre de las iglesias, véase barrios como San Francisco, San Pablo, San Andrés, San Lorenzo, Santiago, o San Pedro etc.
Tras numerosas restauraciones y ampliaciones, el edificio llega a disponer de unos seis mil quinientos  metros aproximadamente, de los cuales unos cuatro mil son patios y jardín. Maravillosos  patios diría yo.
La fachada, de estilo marienista haciendo rincón, la mansión, aun siendo austera tiene empaque, o lo que es lo mismo es muy señorial, en realidad toda la casa es una delicia, pero me quedo con sus bellos patios, de los que disfruto a menudo sobre todo en primavera, aunque siempre están maravillosos  Abril y Mayo  podemos decir sin temor a equivocarnos que son los más exultantes en cuanto a la explosión de colores y olores, que tanto agradecen nuestros sentidos.
PATIO DE RECIBO. Puede que sea el más señorial de todos por el pórtico que recorre sus cuatro lados, con arcos de medio punto, soportados por columnas de piedra amarilla, que forman una galería con suelo de ladrillo rojo, decorada con grandes macetones y enormes ánforas sembradas con elegantes plantas de sombra, como los helechos, la costilla de Adán , aspidistras, plantas que allí adquieren unas dimensiones extraordinarias, algunos bancos de madera antiguos, donde se puede descansar admirando el patio embelesados. En el centro del patio, se eleva majestuosa, una impresionante palmera rodeada de un nutrido surtido de plantas de diversas especies y flores de múltiples colores, las paredes y arcos bordeadas por las trepadoras. No cuesta mucho imaginarse a personajes de otra época entrando y saliendo, en carruajes, y recibidos por los dueños con todo boato, y a los numerosos servidores corriendo de un lado para otro recibiendo órdenes, arreglando la casa con especial esmero, preparando suculentas comidas, que llenan de deliciosos aromas los patios colindantes a la gran cocina, de la  casa.
Como dijo Antonio Gala, SI LAS PIEDRAS HABLARAN, cuantas historias podrían contar, esas piedras y paredes de la casa y sobre todo de sus patios ajardinados. Historias de amores, y desamores, de sueños e ilusiones, de rumores e intrigas, de acuerdos y desacuerdos, donde los personajes de la historia, pasaban por todas las clases sociales, desde los cortesanos, hasta la servidumbre, que en definitiva eran los que mantenían la casa palacio en condiciones óptimas de habitabilidad, cualquiera de ellos podría tener una historia digna en menor o mayor grado de interés, tanto o más que las de sus señores.

PATIO DEL ARCHIVO. Es interior, y el nombre le viene dado, porque a él dan las ventanas que custodian el archivo histórico de la casa (que interesante seria visualizarlo). El patio es cuadrado, sus paredes blancas contrastan con el verdor de sus plantas, petunias, calas, dama de noche, y  en las esquinas los parterres arropan a los naranjos mandarinos, en el centro una fuente con surtidor, decorada de elegantes azulejos sevillanos,  (que a mi tanto me gustan).
PATIO DE LA CAPILLA. Llamado así porque en él estuvo la capilla de la casa, en esa época no había casa señorial que se preciase que no tuviera su capilla particular, (faltaría más) lógicamente la gente acomodada estaba mucho mas con el clero  (que siempre  arrimándose al sol que mas calienta) el patio tiene dos lados porticados, y podríamos decir que es un pequeño museo arqueológico, por las numerosas piezas que contiene, como mosaicos romanos, capiteles, fustes barrocos, fragmentos de atauriques árabes ect . Es un patio recogido y umbrío,  adornado de naranjos y limoneros que se juntan entre sí, en el centro una fuente con surtidor rodeada de frondosos helechos. (Su efecto es relajante e  invita a meditar).
PATIO DE LA CANCELA. Recibe ese nombre, por tener una cancela que da al exterior, lo que permite al viandante contemplarlo desde la calle, la fachada del patio es neoclásica tiene tres arcos  revestidos de ladrillo que lo comunican con una galería, donde alternan las macetas de filodendros con algunos capiteles romanos, su pavimento enchinado como casi todos, en el centro un surtidor, cuya taza barroca fue la pila bautismal de una parroquia, esta arropada por una serie de macetas de cenerarias de hojas cenicientas aterciopeladas, en uno de sus laterales los rosales de pitiminí en primavera, forman un manto de pequeñas flores amarillas, que cubren sus nobles paredes.( Parece sacado de un cuadro impresionista).
PATIO DE LOS JARDINEROS. Es alargado y estrecho, el testero frontal está revestido de plumbago, yo lo llamo jazmín azul, no tiene olor pero está todo el verano echando ramilletes de flores de un bonito color azul de un celeste tirando a indigo, con el que tapizan el largo testero. (Es muy decorativo, y  normal verlo en casi todos los patios de Córdoba).
PATIO DEL POZO. Cómo su nombre indica, en el se encuentra un inagotable pozo, incluso en época de sequia, los geranios, gitanillas, jazmín y alegría de la casa, al fondo una frondosa buganvilla de color salmón, es un patio bello en su sencillez. (Este patio enlaza con el siguiente).
PATIO DE LA ALBERCA .Un estanque o alberca, hacen que este patio sea muy relajante, medio oculto por un seto de ciprés, se encuentra un antiguo invernadero, donde se desarrollan las plantas jóvenes antes de su traslado definitivo a los patios por las expertas manos de los jardineros,  boneteros, laurel, hierba buena, albahaca, salvia, verbena, petunias ect de este patio se surten los demás, al lado de ese patio esta el jardín de estilo francés, totalmente cuadrado con fuente central, en el crecen rosales de todos los colores, hortensias de grandes proporciones, adelfas, palmeras datileras, naranjos y limoneros, celindas, y toda clase de plantas que se pueda tener en un jardín, destaca una centenaria encina, que sobrepasa los tejados y en el centro de ese vergel una fuente de piedra con surtidor.
PATIO DE LA MADAMA. Debe su nombre, a la estatua  que hay en la fuente,  representando a una hermosa joven con un cántaro de agua apoyado en la cintura,  del que mana un surtidor, la fuente esta surcada por un seto de ciprés con forma de corona. (Este patio incita a las confidencias pues resulta muy íntimo).
PATIO DE LAS COLUNNAS. Rectangular, muy espacioso, en el se celebran actos sociales,  conciertos, teatro, y recitales de poesía, en época de buen tiempo. A la izquierda un largo pórtico de arcos sostenidos por columnas con grandes ventanales enrejados que dan al jardín. En el centro del precioso patio, tres pequeñas fuentes adornan dos estrechos estanques de agua cristalina con sonoros surtidores, rodados de delicadas plantas de agua que rodean ambos estanques, su pavimento de artístico enchinado cordobés, sus paredes encaladas, y bellamente adornadas con diferentes especies de trepadoras. Al fondo un bonito porche con columnas que sostienen un bonito tejado rematado con la típica teja árabe tan común en nuestra Córdoba, sobresale tras el tejado la torre de San  Agustín, que parece mirar complaciente, estos bellos patios.
PATIO DE LAS REJAS. De forma rectangular debe su nombre a las tres ventanas que se abren a la calle, para delicia de los transeúntes, que no pueden ni quieren, pasar de largo. Sus muros tapizados de verdes parterres de naranjos, laureles, y damas de noche, en el centro una fuente de mármol con surtidor. Rodeada de cenerarias, llamadas marítimas, pues dicen huelen a mar, (que bonita definición).
PATIO DE LOS NARANJOS  Y  PATIO DE LOS GATOS. Estos dos últimos, más pequeños y humildes, comparados con los demás, ya que eran los del servicio, donde estaban las cocinas y las pilas de piedra donde se lavaba la ropa, y se tendía. Son por eso  más parecidos al común de los patios de las humildes casas de vecinos de Córdoba, como en la que yo me crie, donde se hacía vida en común, y se compartía lo poco que se tenía, el patio era el centro de reunión, de fantásticas tertulias en las noches de verano, acompañadas del perfume a dama de noche y jazmines, de problemas compartidos, de juegos, cantos y risas,
PATIOS, INSPIRACION DE PINTORES Y DE MUSICOS, PATIOS,  PEQUEÑOS JARDINES PERFUMADOS, PATIOS, ALIVIO DE HOMBRES Y MUJERES AL TERMINAR LA JORNADA, PATIOS, ELEGANTES, PATIOS HUMILDES, TODOS  BELLOS Y DELICIOSOS.

  

viernes, 13 de mayo de 2011

GRACIAS A LA VIDA

Cuando nació mi hijo pequeño, y pasaron unos meses, decidimos bautizarlo,  igual que  a su hermano mayor nuestro primer hijo Paco, “era la costumbre “como tenemos la suerte de tener un amigo sacerdote, de los que yo llamo de los buenos, de los comprometidos con los problemas de la gente, honesto y sensato, pues bien nos hacía ilusión  bautizarlo en el campo, al aire libre, otros buenos amigos Lucí y Miguel  nos ofrecieron su casa, esta está situada en plena sierra de Córdoba en un entorno privilegiado. Juan nuestro amigo sacerdote, estuvo de acuerdo, pusimos una fecha y lo preparamos todo. Era un esplendido día de verano, y como en Córdoba los veranos son muy calurosos  decidimos hacerlo  a la caída de la tarde. 

Improvisamos un bonito altar, con una mesa  alargada  que cubrimos con una sábana blanca, y un mantel de hilo con preciosos encajes, encima del improvisado altar pusimos un candelabro, de plata que alguien nos presto, y también una bonita fuente igualmente de plata, en el otro extremo un bonito ramo de flores blancas, delante, y a ambos lados unos macetones de helechos y  de  la costilla de Adán, plantas de un verde intenso y muy decorativo. El entorno no podía ser mejor, además de las vistas, estábamos rodeados de una naturaleza salvaje, arboles como el pino, las encinas, eucaliptos, arbustos como el lentisco, el romero, el arrayan, los madroños, y todas las variedades de jara que tenemos en nuestra hermosa sierra, y que podemos disfrutar a  tan solo unos minutos de Córdoba, el cielo lucia de un intenso azul.

Estábamos toda la familia, muchos buenos amigos, algunos con sus respectivos hijos, el ambiente era sumamente agradable. Juan el sacerdote, comenzó la ceremonia con unas hermosas palabras, diciendo la importancia de los padres en la educación de los hijos,  para que sean buenas personas por encima de todo, acto seguido puso una cinta en el magnetofón, dé pronto comenzó a sonar una bonita música seguida de una   maravillosa voz, la canción era Gracias a la Vida, todos los allí presentes guardamos un silencio absoluto, y aunque  ya conocíamos algo la canción nunca habíamos apreciado su contenido, y no sé si fue el entorno, mezclado con los olores de los  jazmines que empezaban abrir, el cálido atardecer, pero lo cierto es que todos escuchamos en silencio y muy atentos, y a medida que avanzaba la canción se reflejaba en nuestros rostros la emoción, nos pareció que esa canción  era  un canto a la vida, a la naturaleza, un  maravilloso canto de agradecimiento, por ser lo que somos.

Gracias a la Vida que me ha dado tanto. Sonaba la voz impresionante de Mercedes Sosa, solo interrumpida por los trinos de algunos pájaros al sobrevolarnos, y cosa curiosa hasta los niños guardaban silencio, como si intuyeran que esas palabras pudieran ser el emblema que riguiera sus vidas, palabras sencillas que nos enseñan a valorar lo verdaderamente importante.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Medio dos luceros que cuando los abro.
Perfecto distingo lo negro del blanco.
Y en el alto cielo su fondo estrellado.
Y en las multitudes al hombre que yo amo.

Al despertarnos lo primero que hacemos es abrir los ojos, algo tan simple y rutinario y no nos paramos a pensar  en lo importante que es, nos levantamos sin tropezar, porque vemos por donde pisamos,  y nos miramos al espejo para asearnos, y sabemos cómo es nuestro rostro, abrimos la ventana y miramos al cielo, y a las calles, y a las gentes, los campos con su abanico de colores, de diferentes tonos de verdes, de alfombras de colores, en primavera, y dorados en verano y ocres y rojizos en otoño, también, nos deleitamos con el cromatismo del mar, y podemos leer libros maravillosos que nos trasportan a otros mundos a otras vidas, y tantas cosas más, pero sobre todo podemos ver las caras de nuestros seres más queridos. Somos Afortunados. 

Gracias a la Vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que en todo su ancho.
Cada noche y días, grillos y canarios,
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos.
Y la voz tan tierna de mi bien amado.

No, no nos damos cuenta de  que podemos escuchar, las palabras cariñosas de nuestro compañero, la de nuestros hijos, desde que empiezan a balbucear, y damos gracias, por su inocencia, y oímos con deleite nuestra música preferida, y nuestras canciones, los ruidos de la calle, escuchando hemos aprendido todo porque oíamos  las explicaciones, de nuestros padres y maestros, y podemos distinguir las voces unas de otras. Somos afortunados.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario.
Con él las palabras que pienso y declaro.
Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando.
La ruta del alma del que estoy amando.

No nos damos cuenta, que podemos andar, porque es nuestra rutina, porque lo  hacemos a diario, subimos y bajamos escaleras, andamos por calles y plazas, paseamos o corremos por la playa, pedaleamos en la bicicleta, nadamos, igualmente con nuestras manos y brazos, acariciamos  y abrazamos, y al hacerlo sentimos un goce especial y tantas y tantas cosas, que no sabemos valorar. Somos afortunados.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados.
Con ellos anduve ciudades y charcos.
Playas y desiertos, montañas y llanos.
Y la casa tuya tu calle y tu patio.

Nuestro corazón late, estamos vivos. Sentimos que se ralentiza, cuando dormimos, y que se agita cuando nos emocionamos, nos duele cuando sufrimos, se desboca cuando hacemos el amor con la persona amada, es el motor de todas nuestras emociones, lo tenemos dentro, y no nos damos cuenta. Somos afortunados.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Medio el corazón que agita su marco.
Cuando miro el fruto del cerebro humano.
Cuando miro al bueno tan lejos del malo. 
Cuando miro al fondo de tus ojos claros.

Podemos reír, y la risa nos alegra la vida la vida, es tan importante, saber reír, y saber reírse de uno mismo,  tomarse la vida con filosofía, y sentido del humor, no dar demasiada importancia a lo que realmente no la tiene, cuando hay tantas tragedias en el mundo, y tanta gente que lo pasa mal, no podemos y no debemos, creer que nuestros pequeños contratiempos, son importantes, tenemos el don de poder llorar, bendito llanto, que nos alivia las penas, aunque sigan dentro, son el bálsamo que las suaviza, también lloramos de alegría y felicidad, en ese  caso nuestros ojos adquieren un brillo inusual, lloramos, reímos. Somos afortunados.

Gracias a la vida, que me ha dado tanto,
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto.
Así  yo distingo dicha de quebranto.
Los dos materiales que forman mi canto.
Y el canto de ustedes que es el mismo canto.
Y el canto de todos que es mi propio canto.
GRACIAS A LA VIDA

Terminado el acto del bautismo, tan emotivo e inolvidable por lo inusual, volvió la algarabía, los niños jugando y corriendo, los mayores de agradables tertulias, comiendo y bebiendo como   no podía ser menos, pronto se nos hizo de noche, y si el atardecer fue sumamente  agradable, la noche no lo fue menos, bajo un cielo estrellado la temperatura ideal, buenos amigos, buenas conversaciones, buena comida. Fuimos afortunados.

Aquel día de tan gratos recuerdos y sobre todo, aquella canción, marco una máxima en mi vida, no hay un solo día que al despertar no de gracias a la vida, por vivir un nuevo día. 

miércoles, 19 de enero de 2011

LEYENDA, FICCIÓN O HISTORIA DE UNA VENGANZA.

En la Córdoba medieval, se desarrollaron unos terribles  acontecimientos que corrieron como la pólvora, y perduraron en el tiempo llegando hasta nuestros días. 

Subiendo el arco del Portillo, llamado anteriormente de los Mercaderes, se encuentra la calle Cabezas. Actualmente, todavía se conservan algunas casas de esa época, casas solariegas del siglo xv con fachadas renacentistas, varias casas patio, de los siglos XVII y XIX, casas de dos plantas y grandes patios porticados con arcos de medio punto sobre  columnas  barrocas. La número tres es actualmente: La Casa Museo de Góngora, del siglo XVII, su portada es barroca, afortunadamente el Ayuntamiento la ha recuperado para el pueblo, donde se organizan exposiciones y algún que otro  acto social. La número 6 fue la casa de los condes de Zamora de Riofrío, pero la más importante es la de los Marqueses del Carpio, de fachada gótico mudéjar, el cuerpo más importante es su torreón que separaba la zona de la Ajarquia, pasada la fachada, la calle se estrecha, dando paso a una tapia por la que se dejan caer diferentes tipos de vegetación,  nos hace suponer que da al jardín, en el  interior del palacete, se encuentran restos Árabes y Romanos. Seguidamente dos callejas, una a cada lado, a la derecha, Doña Muña, de claro estilo medieval, por la izquierda, el horno de Guiral, al fondo haciendo esquina un deteriorado capitel árabe. Entre las casas 10 y 12 encontramos una estrecha calleja, de descarnados muros de ladrillo, y un escalonado suelo empedrado, llamada de Arquillos  también forma parte de la leyenda como veremos al final. En la actualidad una reja impide el paso.
  
Cuenta la leyenda que, en la casa de enfrente a la de los Marqueses del Carpio, vivió el muy noble don Gustioz Gonzales, viudo y padre de siete hijos, que pasaron a la historia como los Siete Infantes de Lara. La triste y truculenta historia, parece ser que comenzó, cuando los siete hermanos fueron invitados a la boda  de de su primo, don Ruy Velázquez con doña Lambra, una burgalesa de noble cuna. El acontecimiento de los esponsales lógicamente era en Burgos ciudad a la que se desplazaron los siete hermanos con el beneplácito y bendición de su buen padre. Partieron muy contentos, pese a la lejanía y las incomodidades del viaje, como podemos imaginar, ya que eran muchas yardas las que tuvieron que recorrer, haciendo noche en posadas, alguna que otra noche a la intemperie, y en el mejor de los casos en alguna hospedería, dependiendo de los caminos. Dada su juventud en ningún momento su ánimo decayó, para ellos aquello era una aventura que les había brindado la providencia.

Ya en Burgos, contentos por haber llegado sin contratiempos disfrutando de la familia, y de la ciudad, que bullía, con un trasiego importante de gentes de todo tipo y rango, tenderetes de comidas, y de artesanía de la época, los juglares y trovadores, cantaban o recitaban a cambio de comida o ropa, acróbatas y demás personajes de la farándula tratando de ganarse el sustento. La demás población se componía, de los nobles, del clero, y de los campesinos, que trabajaban de sol a sol para su señores, las diferencias sociales eran tremendas. Aunque siempre han existido y lamentablemente existirán. Pero el Medievo fue especialmente duro para el pueblo llano.  Diese la circunstancia, que dentro de las celebraciones, se desarrollaba un torneo o justa en el que podían participar todo el que quisiera, principalmente los más jóvenes, uno de los infantes, el más joven decidió probar suerte, sin llegar a sospechar que aquel juego le traería a él y a sus hermanos dramáticas consecuencias. 

Llegado el día del esperado torneo, ignorantes de lo que el destino les tenía reservado, estaban los hermanos contentos, disfrutando de los festejos como jóvenes que eran, con ganas de reír y disfrutar, coqueteando con las jóvenes del lugar, estaban eufóricos por el hecho de haber aceptado la invitación de su primo don Ruy y de poder participar en tantos eventos.

Ataviados para la ocasión con sus mejores galas, habían cambiado sus rudimentarias ropas del viaje como los “zaragüelles” – o pantalones anchos-,  la “aljuba” – o túnica corta y ajustada-, por otras similares pero de telas más costosas, como el terciopelo, o la seda, y cambiando la túnica corta por una larga, llamada “talares” – por llegar esta hasta los talones-, tocando sus cabezas con sombreros cilíndricos o birretes, menos el pequeño de los Lara que iba vestido como para una guerra, con las clásicas cotas de malla, túnica de lana, coraza,  yelmo de hierro, escudo, cinturón, espada y lanza. 

Las gradas, que para tales ocasiones se levantaban, de cómodos asientos decorados con lujosos ropajes y guirnaldas de flores, y como no, sus buenos toldos para cubrirse del sol, todo eso, era solo para los nobles, claro está, el pueblo o la plebe estaban al otro lado soportando sus pies todo el peso de sus cuerpos, y respirando sus pulmones todo el polvo del enfrentamiento. Los torneos o justas eran muy comunes en tiempos de paz, pues los caballeros necesitaban exhibir sus habilidades guerreras, y los torneos les proporcionaban la oportunidad de lucirse, podía más su vanidad que el miedo al riesgo que sabían entrañaba la contienda, pues no eran raros los accidentes graves e incluso de muerte en numerosas ocasiones. Los torneos como cualquier juego, también tenían muchas reglas, utilizaban armas llamadas “corteses”, que habían sido modificadas,  lanzas sin punta, espadas romas, con el fin evitar dentro de lo posible que hubiese más muertes de lo debido, pues ya en si era demasiado peligrosa la fuerza de la confrontación. Los caballos también iban protegidos, gualdrapa de tela, unas placas de hierro que cubrían la cabeza, el cuello y el cuerpo, dejando las patas libres para su mejor movimiento, en la pechera lucían los emblemas heráldicos de los nobles.

Comenzado el tan esperado torneo, la exaltación del público iba en aumento, aclamando y aplaudiendo con gran alboroto a los que lograban derribar a su oponente. Por lógica, el ganador salía orgulloso de su suerte, y se vanagloriaba de su destreza y valentía, por el contrario, el perdedor, humillado, dolorido, herido, sobretodo en su amor propio, y en el peor de los casos, algunos no vivían para contarlo. Cuando le llego el turno al menor de los Lara, tuvo la mala suerte, de tocarle de oponente un primo de la novia muy querido y respetado en toda la ciudad, por su valentía y su destreza en esos trances, de los que siempre salía victorioso, con lo cual no estaba acostumbrado a perder. El enfrentamiento fue largo y emocionante, el público lógicamente se decantaba por su conciudadano, aunque había mucha gente que rápidamente sintió gran simpatía por el joven y valiente forastero, se hacían numerosas apuestas, la tensión iba en aumento, nadie había vencido nunca al orgulloso burgalés, pero la fuerza y valentía unido a su juventud, hizo que el joven acabara derribando a su oponente y veterano en esas lides. 

El caballero se sintió  humillado, por haber sido destronado delante de todos sus admiradores, y su vanidad quedo tan resentida, que juro vengarse de alguna manera, en realidad toda la familia de la novia estaba muy ofendida, hasta el punto que los hermanos ya no eran bien recibidos, tanto que estos decidieron volver a su Córdoba muy tristes por lo acontecido, y pensando cuan injustos habían sido con ellos, incluso su primo, que tomo partida por la familia de su ya mujer, tanto que fue  él quien fraguo la venganza, seguramente no llego a calcular las consecuencias de sus malas artes.

En aquella época reinaba en Córdoba Almanzor. Pasaron unos cuantos meses, Ruiz Velázquez pensó que era el momento de vengar a la familia de su mujer, urdió una trampa de funestas consecuencias, con un emisario mando a su tío un pliego serrado con el ruego de que debía entregárselo en mano al mismísimo regente Almanzor. El bueno y confiado de don Gonzalo, que no sabía nada de lo ocurrido en Burgos, pues sus hijos por no apenarlo, nada le contaron, por lógica no podía sospechar que aquello era una vil trampa, que cambiaria el rumbo de sus vidas. El buen hombre pidió audiencia y se presentó el día señalado ante el rey entregando el correo a Almanzor, éste al leerlo, estallo en ira, aquel correo estaba lleno de infames calumnias dirigidas al regente, e instaba a matar al mensajero, Almanzor inmediatamente mando encerrar a don Gustioz en una torre, y lo mantuvo incomunicado hasta que se aclarara el turbio asunto, pues había cosas que no le cuadraban.

Enterados  los infantes del secuestro de su padre, al que ya creían muerto según los rumores que hasta ellos llegaban, quisieron vengarlo, alertado Almanzor, de las intenciones de los infantes, y sabiendo donde se encontraban, mando a su guardia para apresarlos, hubo un duro enfrentamiento en el que desgraciadamente murieron los hermanos, les cortaron las cabezas y las clavaron en siete picas como señal de triunfo. Entrando en la ciudad con tan macabros estandartes.

Desde la torre, don Gustioz oyó un gran griterío, se asomo  a la ventana  y distinguió a lo lejos un cortejo que se acercaba, teniéndolo ya cercano, un grito horrorizado salió de su garganta al reconocer las cabezas de sus siete hijos.

Don Gustioz quedo tan tremendamente abatido, que hasta el propio Almanzor sintió tanta  pena de él, que mandó que lo bajasen a unos aposentos dignos  como le correspondía por nobleza. Pasaron unos años antes de que se recuperara de su gran pérdida, una hermana de Almanzor que sintiendo pena de él pasaba muchas horas en su compañía, comprendió  que ese buen hombre había sido víctima de una cruel venganza, con el paso del tiempo se enamoraron, tuvieron un hijo que llamaron Mudarra, cuando se hizo hombre y conoció la triste historia de su padre, quiso vengar a su padre y hermanos, busco y encontró al miserable Ruy Velásquez, mato a este y a su esposa, dando fin a la venganza.

También se cuenta, que en la calleja Arquillos estuvieron colgadas las cabezas de los infantes durante mucho tiempo.

Esta, es una de las varias versiones que de la misma historia hay, ¿cuanto puede haber de verdad,  cuánto de mentira? nadie lo sabe, todos sabemos que la historia varía según quien la escriba, lo cierto es que a lo largo de siglos la leyenda ha ido pasando de padres a hijos, y que las calles de Córdoba donde supuestamente ocurrieron parte de los hechos, son las mismas, por donde hoy nosotros nos paseamos. Esta zona nos trasporta a aquella época de oscurantismo y miseria. Creo que lo único bueno que dejaron, fue un  importante patrimonio. 

domingo, 8 de noviembre de 2009

DE EXCURSIÓN A LA MEZQUITA

Sería por el año 1957, yo tendría nueve años, cuando las profesoras de mi colegio decidieron llevar a un par de clases de excursión a la Mezquita, eso si previamente nos hubiésemos portado bien. Desde que nos dieron la noticia estábamos más suaves que un guante, y si alguna intentaba alguna fechoría ya nos encargábamos unas cuentas de pararles los pies, y sobre todo que la señorita Emilia no llegara a enterarse, pues el castigo nos hubiera alcanzado a todas, y para las pocas veces que podíamos disfrutar de una salida colectiva, no podíamos permitir que ninguna lo estropeara por alguna tontería.

Por fin llegó el día tan esperado. Salimos del colegio en fila de a dos, charlando animadamente, en realidad el trayecto era muy corto pues el colegio estaba en la calle D. Rodrigo, frente a la iglesia de S. Pedro, a la que nos llevaban continuamente, ya que en aquella época la Iglesia tenía un control en los colegios públicos extremadamente exagerado, pues además de las continuas charlas con las que varias veces a la semana nos martirizaban, teníamos que ir los primeros viernes de mes a visitar el sagrario, los sábados por la mañana a confesar, y los domingos a misa de doce, pero no quedaba ahí la cosa, los lunes nos preguntaban por el sermón que el párroco había impartido, con ese examen controlaban la asistencia de las alumnas y pobre de la que no tuviera un motivo para justificar su falta (increíble pero cierto).

Aquel día salimos del colegio hacia la izquierda siempre en línea recta, calle Lineros (antigua Coronel Cascajo), a la altura de Bodegas Campos, a la derecha la posada,  después la calle Candelaria, presidida por una gran imagen de San Rafael todavía existente, seguimos el trozo de calle que queda y nos encontramos con la famosa Plaza del Potro, con su triunfo en honor de San Rafael, y su no menos famosa fuente del Potro, coronada con un potrillo de ahí su nombre. A la derecha el museo de Julio Romero de Torres y el de Bellas Artes, ambos ubicados en el antiguo Hospital de la Caridad, edifico de finales del siglo XV, esta Plaza tiene para mí un encanto especial ya que me crié muy cerca y guardo muy gratos recuerdos. Seguimos la animada marcha en la que no parábamos de hablar, hasta el punto de que algunas vecinas se asomaban a los balcones atraídas por el murmullo, no sé si angelical o infernal, de tantas voces infantiles.

Dejamos atrás la citada plaza y atravesamos la calle Lucano, casi al final de esta había un cine de verano con el mismo nombre de la calle, al que íbamos a menudo. Atravesamos la bonita calle de la Feria hoy San Fernando, a la izquierda la Cruz del Rastro, y entramos en la calle Cardenal González, aunque al principio de la calle, en otra época fue Arquillo de Calceteros, allí hubo un Hospital llamado de la Lámpara, pero más conocido por el pueblo con el nombre de Amparo. También se conocía como Arco de la Pescadería, pues por él se accedía a la plaza de la Alhóndiga, donde en otras épocas se distribuía y vendía la mayor parte del pescado que entraba en Córdoba. Seguimos nuestra marcha hacía la Mezquita, siempre en línea recta, por fin llegamos a la Mezquita, declarada veintisiete años después Patrimonio de la Humanidad, entramos por la Puerta de Santa Catalina, lo primero que vimos fue el hermoso Patio de los Naranjos, con la torre al fondo, debía ser en primavera por el olor a azahar que nos invadió los sentidos. Las niñas quisimos jugar en ese magnífico y agradable patio, nos desmadramos un poco, pero enseguida nos llamaron al orden y volvimos a ponernos en fila, para entrar ordenadamente y en silencio, aunque eso último lo conseguíamos a medias.

Nos recibió un guía que se esforzó por explicarnos la historia aproximada de tan emblemático edificio, pero tengo que decir en honor a la verdad que por la historia árabe pasó de puntillas, sólo nos dijo que la Mezquita la hicieron los moros como decían despectivamente, cuando eso era precisamente lo único que ya sabíamos. Aquello, a pesar de mi corta edad me dejó insatisfecha, pues intuía que aquél hombre, que intentaba por todos los medios ser amable y simpático, había pasado de largo por la más importante época de la historia de Córdoba, como pude comprobar con los años (seguramente recibía órdenes del Obispado). Llevábamos un buen rato escuchando hablar de santos y de innumerables capillas, la de S. Clemente, la de S. Pedro, que si la de Villaviciosa, etc. Yo pensaba que aquello era más de lo mismo, a lo que nos tenían acostumbradas en la Iglesia. Saturada de tanta santería consideré que ya era suficiente y con mucho sigilo me fui apartando del grupo y me adentré por el laberinto de inmensas columnas y arcos, que desde mi pequeña estatura parecían aún más altos. Distraída iba yo cuando me di de cara con un hombre que me causó una enorme impresión, hasta el punto que después de tantos años todavía recuerdo aquel rostro. Era un hombre de mediana edad de piel muy oscura, su pelo y barba negros como una noche sin Luna, Su rostro transmitía una gran serenidad, sus ojos que eran impresionantes miraban hacia lo alto, la curiosidad me hizo seguir aquella mirada y enseguida comprendía porque aquel hombre estaba tan absorto contemplando aquella maravilla llamada el Mirhab, como supe después.

Aquello se salía de mi comprensión, estuve un buen rato mirando con la boca abierta y un considerable dolor de cuello, volví a mirar al misterioso hombre y pude ver que sus ojos se habían llenado de lágrimas.  Le escuché susurrar unas palabras ininteligibles para mí, por más que agucé el oído, tengo que reconocer que yo estaba intrigadísima y expectante, y antes de que una amiga que se había percatado de mi ausencia llegase a mi altura, pude ver como dos gruesas lagrimas salían de los ojos más bellos que he visto nunca. Mi insistente amiga logró separarme de la cercanía de aquel hombre que había llamado mi atención. Con desgana me incorporé de nuevo a mi grupo sin que las maestras notaran mi ausencia. Terminado el recorrido salimos al patio y no tuvieron más remedio que dejarnos jugar un buen rato pues necesitábamos soltar la tensión que habíamos estado reteniendo durante todo el recorrido. Nos refrescamos bebiendo agua de la fuente del Olivo, pues alguien dijo que si alguna no bebía de esa caño no se casaba, imagino que es una de las muchas cosas que alguien dice una vez de broma y se convierte en tradición al ir de boca en boca, como comprenderéis a nosotras nos daba igual pues todavía estábamos muy lejos de pensar en esas historias. Llegados a ese punto la señorita Emilia, mirando su reloj dijo que ya era hora de regresar.

Siempre pensé que aquel hombre era uno de los muchos árabes que visitan la Mezquita y que lloran en silencio por la pérdida de aquel pasado glorioso en el que Córdoba fue capital de Al-andalus y en la que convivían en armonía las tres culturas; árabe, cristina y judía.

No puedo enumerar las veces que he visitado la Mezquita a lo largo de mi vida, pero siempre recuerdo aquella excursión con el colegio.    

sábado, 8 de noviembre de 2008

¿QUÉ FUE DE MIS MUSAS?

Desde que tuve uso de razón me sentí atraído por las bellas artes, sobre todo por la música y la pintura, atracciones que fueron en aumento al discurrir de los años y afianzarse en mí la pasión por la pintura, en gran parte gracias a mi padre, Rafael Romero Barros, magnifico pintor y mejor maestro, del que tanto aprendí.

Ya en mi adolescencia sentí la seducción que mi ciudad Córdoba ejerció sobre mí, cuando paseaba con mis amigos por sus laberínticas callejuelas y recoletas plazuelas llenas de encanto, como la Fuensanta, Capuchinos, Plaza de Aguayos, Santa Marina y el Potro, ellas fueron el lugar de mis paseos favoritos. En ellas mis amigos y yo descubrimos por primera vez la belleza de las mujeres cordobesas, mujeres de piel morena aceitunada y mirada profunda, en la que te podías perder para siempre, sobre todo si te dejaban acercarte sólo un poco a su cuerpo, a su pelo negro y oler su perfume que embriagaba los sentidos, y te hacían soñar toda la noche con alguna de ellas. 

Por lógica mi verdadera pasión fueron las mujeres, pasión que se vio incrementada con el paso de los años y que quedó reflejada en toda mi obra.

Las mujeres como tema central, ellas fueron mis fuentes de inspiración, mis únicas y verdaderas musas. Mis cuadros eran retratos, escenas cotidianas, alegorías… sacadas de las coplas que el pueblo hacía suyas, o de las letras dramáticas del cante flamenco, que por otra parte eran tan reales como la vida misma. Los distintos palos del flamenco, acompañados de los acordes de una guitarra, escuchados en silencio en cualquier rincón de Córdoba, tenían la virtud de alimentar mi inspiración. Sus letras me llegaban al alma y sentía la necesidad de dar rienda suelta a toda esa amalgama de sentimientos y pasiones pintando algunos dramas sociales; desde “Vividoras del amor”, en el que representé una escena de un prostíbulo, con unas mujeres que lejos de incitar deseo y pasión daban pena. Hasta “Cante Hondo” en el que quise reflejar el terrible drama de los celos llevado hasta el extremo de matar, algo tan real que ha existido desde el principio del mundo.

Era importante para mí escuchar sus historias para poder expresar el sentir de esas desafortunadas mujeres. La tristeza de sus ojos, la falta de ilusión o esperanza por la vida, una vida a la que distintas circunstancias, a la vez que la hipocresía de la sociedad de la época, las había llevado. Historias variopintas, y a la vez tan parecidas en su dramatismo. Historias de amores y desarraigo, pero sobre todo de una sobrecogedora resignación, que hacia que no reaccionaran ante las adversidades e intentaran de alguna manera cambiar su destino. Sólo de esa manera, conociendo sus desgracias podría yo plasmar en mis lienzos, sus rostros de una amargura latente.

Yo tenía la suerte o la desgracia de enamorarme de todas, claro está platónicamente. También podría decir que las adoraba y las respetaba, todas eran hermosas y a la vez tan distintas. Unas eran distinguidas y altivas, otras jóvenes e ingenuas, sensuales y voluptuosas otras, pero todas y cada una de ellas en su momento fueron mis musas: “María Luz”, “Rosarillo”, “Carmen”, “Eva”, “Rafaela”, “Ángeles”, “Fuensanta”, Bendición” y tantas, y tantas otras. Hasta mi San Rafael lo hice mujer, la modelo fue una bellísima joven sevillana. 

Todas mis modelos pasaron a la historia como prototipo de la belleza de la mujer cordobesa, aunque muchas no lo eran, como la modelo que posó para la “Virgen de los Faroles”, que fue una joven mexicana de impresionantes ojos negros y extraordinaria belleza. Pero también es cierto que la gran mayoría si fueron cordobesas de distintas clases sociales.

Ana López, conocida popularmente como “cara sucia”, a la que descubrí vendiendo claveles por las calles y en los cabaret. Era preciosa de rostro muy expresivo, su cuerpo no tenía nada que envidiarle a la Venus de Milo. Posó desnuda para “Musa gitana” y algunos cuadros más. Tenía un temperamento demasiado rebelde. 

Elisa Muñoz, una bailarina sevillana muy conocida apodada “Amarantina”, posó varias veces para mí. 

No puedo olvidarme de María Teresa López, más conocida universalmente como “La Chiquita Piconera”.

Para mí posaron actrices, bailarinas, modistillas, cantantes, gitanas, adolescentes y maduras. Todas y cada una de ellas fue importante y decisiva en toda mi obra, y les debo tanto, tanto. Muchas de ellas vieron perjudicada su reputación, pues posar para un pintor aun estando vestidas no estaba bien visto, la moral de la época no lo permitía, y la fama de mujeriego que me adjudicaron las mentes retorcidas, no las ayudaba mucho. No podían comprender que un hombre, por muy pintor que fuera, pudiese estar horas a solas con una mujer sin sucumbir a sus encantos, que duda cabe que sólo veían en mí al hombre y no al artista con su modelo, con su musa.

El artista se enamora de su obra, ya sean personas, paisajes o cualquier otra cosa, siempre que ese alguien o cosas les haga sentir la necesidad de ponerse inmediatamente a pintar, y sólo descansar cuando el objetivo está cumplido. El artista tiene que sentir amor por lo que está pintando y sentirlo como propio y a fe mía que yo lo sentía.

Las mujeres fueron las semillas que germinaron la pasión por toda mi obra, dedicada a ellas, a mis musas.

Recuerdo como me gustaba pasear por mi ribera, al frescor de las sombras de sus frondosos árboles, cuando en verano el sol calentaba hasta las piedras. Las muchachas iban con sus cántaros en la cadera, por agua a la fuente. Era una estampa bellísima ver sus andares garbosos, sus rostros risueños y picarones, hablando de sus cosas. De lejos se oían sus risas, tan frescas como el agua que daba la hermosa fuente.

Otras veces las que se acercaban por agua eran mujeres maduras, pero más serias y pensativas, con sus problemas y responsabilidades, pero igual de hermosas, con la belleza que dan los años y la experiencia.

Igual de encantadoras resultaban cuando iban a las iglesias, tan recatadas y místicas, aparentemente, con el velo cubriéndole la cabeza y dándole a sus perfiles un halo de misterio y magnetismo.

Toda esa belleza caló en mí por todos los años que viví, y hubiera seguido igual si la muerte no hubiese venido un poco prematuramente por mí. Para más desgracia  tuvo que ser en mayo cuando en Córdoba, las mujeres, como las flores, lucen en todo su esplendor. La explosión de colores y olores, unidos a la belleza de la ciudad embriagaban los sentidos.

Por eso la muerte además de injusta fue inoportuna conmigo, no tuve tiempo de despedirme de todas mis musas, de agradecerles lo mucho que hicieron por mí, decirle lo mucho que las amé a todas y cada una de ellas. 

Mis queridas y admiradas mujeres, las verdaderas y únicas artífices de toda mi obra. Mis musas.

jueves, 8 de noviembre de 2007

CUENTO: EL ESPÍRITU DE DOÑA BLANCA

Sí, sí, no se asusten yo soy Blanca, bueno mejor dicho, era, ahora soy sólo su espíritu.

Los cordobeses conocéis mi historia (la de Blanca), que en cierta forma también es la mía. Quizás el nombre de Blanca no os diga nada, pero si os digo que fue la protagonista de la leyenda de la Casa Encantada todo diríais, claro ahora sí, aquella tonta que quedó atrapada en el subsuelo de su propia casa, aunque los más jóvenes quizás no tanto, y no es culpa de ellos si no de sus padres por no haber seguido la costumbre de pasar de padres a hijos las leyendas de Córdoba que son muchas y que forman parte de la historia popular de nuestra ciudad.

Antes que ser un espíritu, mi cuerpo era el de Doña Blanca Urcel, que murió de la manera más tonta (todo hay que decirlo). Como ya sabéis y si no os lo digo yo, el padre de Blanca era el Corregidor Don Carlos de Urcel y Guimbarda, llamado también el Corregidor de la “casaca blanca”. Vivíamos en una casona de estilo renacentista llamada de los Villalones, en el barrio de San Andrés. Yo era muy joven (bueno Blanca), era bonita y en aquella época las jóvenes no podían salir solas -tenían que ir siempre acompañadas con su dueña, que así se llamaban las señoras de compañía-, o con su padre, ya que éste al ser viudo y tener una sola hija se excedía en cuidarla y protegerla. D. Carlos era, un hombre alto, bien parecido, elegante y educado, de pocas palabras, y aunque inculcó a su hija buenos principios y refinadas maneras, la mimaba y consentía más de lo debido. A pesar de todo Blanca se sentía sola, pues D. Carlos, al ser hombre austero y reservado, hacía poca vida social, de ahí que Blanca se aburriera tanto, pues ella estaba muy llena de vida. 

Cuando ahora yo, su espíritu, veo con la libertad que salen las jóvenes con sus amigas, y sobre todo amigos, cosa impensable en aquellos tiempos. Veo como se divierten, como van a la universidad, y a su trabajo, igual que los hombres, y sobre todo la independencia de la familia, me parece increíble. Y los veo, claro que los veo y los oigo, pero ellos no me ven a mí. Nadie me ve ni me oye, pero no se pongan tristes, ser un espíritu no es tan malo, también tiene sus ventajas, puedo trasladarme de un lado a otro, como los pájaros o como el aire, ¡que digo! mucho mejor, porque yo traspaso las paredes; puedo escuchar conversaciones muy interesantes, otras tiernas y amorosas; visito las iglesias a las que iba cuando era mortal, las más cercanas de la casa eran San Andrés y San Pablo, pero también voy a otras, porque tengo mucho tiempo. Me gusta pasear por la Mezquita, por su Patio de los Naranjos, oler el azahar en primavera y veo también lo mucho que va cambiando la ciudad.

Pienso con pena en lo efímera que fue la vida de Blanca, y todas las cosas que se perdió con ella; la amistad, el amor; la maternidad; y tantas y tantas más ¿y todo por qué?  por su curiosidad, o por la maldición que una gitana le echara a Blanca y a su padre, por la ambición de encontrar el tesoro que los hebreos tenían oculto en las entrañas de la casa, o porque se apagó la vela en el momento más inoportuno, o porque su dueña no pudo recordar la oración que escucharon aquella maldita noche a los hebreos a los que su padre dio posada, y Blanca y su dueña escucharon, para su vergüenza y perdición, pues como todos sabéis se cerró la puerta del pasadizo secreto y nunca más volvió a salir. Aunque su padre, mandó levantar todo el suelo, nunca encontraron el más mínimo rastro de la pobre Blanca. Lo único que queda de Blanca soy yo, su espíritu.

Ser espíritu también es divertido, tengo tanto, tanto tiempo y me sigue quedando la curiosidad. Recorro la ciudad de punta a punta, los nuevos barrios son más alegres y ruidosos, aunque yo prefiero pasear por los antiguos, por sus callejuelas y plazuelas, que me traen tantos recuerdos. La Ribera a mí me gustaba más antes, con su grandes árboles y su gran fuente de fresquísima agua, y el Puente Romano, y los sotos de la Albolafia, y al atardecer cuando miles de pájaros revolotean para acoplarse en las ramas de los árboles para pasar la noche, no me canso de verlos y escucharlos. También me distrae mucho ver la gente, ir de un lado a otro con unas prisas enormes, con gran ansiedad, en mis tiempos eso no pasaba. Lo que más me gusta es ver a los niños jugar, eso es algo que no cambia nunca, en todas las épocas los niños son iguales y es una gozada verlos y oírlos.

Al pasar por San Andrés me da una alegría enorme ver como la antigua Casa de los Villalones, hoy Palacio de Orive ha sido restaurada con mucha delicadeza y está llena de alegría, una casa que fue durante muchos años tétrica, triste y oscura, está ahora llena de vida y el pueblo puede, en ella, disfrutar de conciertos, de recitales de poesía y otros actos. Me gusta como ha cambiado la ciudad, me gusta Córdoba y me gustan los cordobeses.

Que nadie diga nunca que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque no es cierto, yo que fui testigo directo lo puedo asegurar.

El Espíritu de Doña Blanca.